La juventud tiene voz y está dispuesta a luchar por un desarrollo sostenible

La juventud tiene voz y está dispuesta a luchar por un desarrollo sostenible

Son jóvenes, seguramente lo tuvieron mucho más fácil que sus generaciones anteriores, vivieron y viven en la economía del comprar, comprar y comprar para usar y tirar, la economía de lo insostenible, la del derroche, la de exceder el uso de nuestros recursos hasta acabar con el planeta. Esos jóvenes que ayer intuíamos incapaces de tomar las riendas de su futuro, hoy salen a la calle y protagonizan el más multitudinario acto reivindicativo contra el cambio climático y un sistema económico insostenible.

Han comprendido que el propio sistema en el que todos estábamos acomodados sin remordimiento alguno, es la causa de que su futuro pinte de un gris oscuro tirando a negro. Probablemente no estemos a tiempo de frenar el cambio climático, como alerta el reciente Informe de la ONU. Según este estudio, aun cumpliendo con los compromisos suscritos en el Acuerdo de París, la   temperatura del Ártico aumentará en 5 grados para el 2050. De hecho, el cambio climático ya está ocurriendo y podemos ver sus consecuencias; la pérdida de biodiversidad, la contaminación de los océanos, del aire, de la tierra, o de la exposición química a la que estamos sometidos, entre otros.

Sin embargo, acontecimientos como el movimiento “Fridays for future” siembran un referente y nos llenan de esperanza, ya que nos enseña a todos que la inactividad es el peor de los enemigos, incluso ante un escenario tan poco esperanzador. Jóvenes de todo el mundo alzan su voz manifestándose contra el cambio climático y la inacción de gobiernos e instituciones. Les acusan de inconscientes e incompetentes por no ser capaces de ver y actuar conforme a la urgencia de un Planeta que ya está adoleciendo.

Parece que hemos pasado del discurso de jóvenes que lo habían tenido todo fácil, sin compromiso, lucha y pasivos ante lo que les pasaba por delante a una juventud, a jóvenes capaces de  darnos una lección, apoderándose de las calles, llamando a la acción y reivindicando su derecho a tener un futuro.

La manifestación mundial más grande que ha existido contra el cambio climático liderada por una joven de 16 años, es sin duda la mejor noticia de los últimos tiempos. “No vamos a quedarnos callados e inactivos mientras los “adultos”, arruinan nuestro futuro”, proclaman. Tuvo lugar el 15 de marzo, simultáneamente, en miles de ciudades en todo el mundo. En la ciudad de Madrid, una de las masivas de España, se concentraban ya miles de jóvenes a la hora de la convocatoria organizada por el movimiento Fridays for future, el Sindicato de estudiantes y Jóvenes por el Clima. Su capacidad de organización, coordinación y coherencia han asombrado al mundo entero. Muchos de los mensajes que se leían en las pancartas también fueron comunes a las distintas ciudades participantes; – “Si el clima fuera un banco, ya lo habríais salvado”, o “Cambiemos el sistema, no el clima”.

Es cierto que el futuro, es de los jóvenes y tienen todo el derecho a reclamar ahora, sobre aquello que les dejarán las generaciones anteriores. Son conscientes de que su lucha es colectiva pero también individual, ya que su principal reivindicación; – “El cambio del modelo económico actual”-, tiene que ver mucho con un modelo de producción, pero también de decisiones de vida y consumo sostenible.

Esa impaciencia y frescura en su discurso, propias de su juventud, son actitudes cuanto menos necesarias en el reclamo de medidas urgentes, incluso aun sabiendo que cambiar el modelo económico, signifique un cambio sistémico, que no se produce con la urgencia que requiere el caso, implica cambios graduales y a todos los niveles. Las instituciones, los gobiernos, las corporaciones, pero también la ciudadanía y sus decisiones de estilo de vida y consumo, forman parte de este cambio. Y en este sentido,  los jóvenes no disponen de poder adquisitivo pero sí sobre sus actos y su palabra para persuadir a los adultos a cambiar sus hábitos y rechazar todo signo de estilo de vida insostenible en el que estaban instalados.  

En todo caso, tal y como defiende el movimiento, pasar a la acción, movilizarse y cambiar las cosas desde dentro, apelando a la generación de políticas y leyes que penalicen las actividades económicas no sostenibles y favoreciendo a partir de subvenciones y ayudas, aquellas que sí lo son, es un necesario punto de partida.

Seguramente por ser jóvenes, han aprendido muy rápido las implicancias de la pasividad ante los que toman las grandes decisiones que les afecta directamente en su presente y futuro, tales como el cambio climático, las leyes migratorias, la pluralidad, la convivencia multicultural o la lucha por un empleo digno. Han aprendido también, que su futuro pasa en buena parte por las decisiones políticas a gran escala y en este sentido la abstención de los jóvenes en las elecciones en el escenario global, se ha relacionado con hechos como la victoria de los partidos pro Brexit en Reino Unido o de Donald Trump en EEUU.

De esta forma surgen otras iniciativas juveniles, que vienen pisando fuerte y derraman compromiso y preocupación por los cuatro costados. Cambiar el estado de las cosas e incidir de forma decisiva en promover cambios desde dentro, son su razón de ser. Con esta intención nacen iniciativas como Volt y “estavezvoto”. En ambos casos apuestan por la defensa de un proyecto Europeo acorde a sus intereses, promoviendo en primer lugar el voto joven en las elecciones europeas, porque como dicen: “si somos más, sumamos más fuerza”. Los grandes cambios que necesita Europa, solo pueden  ser globales, coordinados e inclusivos,  por lo que  las elecciones europeas,  representan para ellos la oportunidad para construir una Europa plural, inclusiva, luchar por un empleo decente, el cambio climático, una economía circular y sostenible. Todas ellas preocupaciones principales de los jóvenes.

En todo caso, aunque muchos no lleguemos a ver las peores consecuencias del cambio climático, nos quedamos con el tan reconfortante hecho de ver a una juventud comprometida, saliendo a la calle y luchando, como nosotros no fuimos capaces, para reivindicar lo que es suyo, “La Tierra, el hogar de todos”. Ojala continúe por mucho tiempo.

Empleados comprometidos, empresa sostenible.

Empleados comprometidos, empresa sostenible.

 

Ya no hace falta aludir a ningún estudio de las grandes consultoras para convencernos de que lo sostenible es la nueva tendencia. Las marcas se ven obligadas a marchas forzadas a no solamente cambiar su discurso o emocionarnos con su aporte social, sino a generar acciones que demuestren que están en la “nueva onda”. Es la respuesta a las exigencias del mercado y para satisfacerla ya no basta con ser un excelente comunicador. La desconfianza hacia las marcas también está en auge, y a las organizaciones les resulta más difícil trasmitir credibilidad a través de inteligentes campañas de marketing, si no existe un compromiso real con la sociedad. O lo que es lo mismo el ciudadano busca coherencia entre el discurso y la práctica.

Uno de los factores clave que refleja hasta qué punto la sostenibilidad forma parte del ADN de las empresas es la implicación de los empleados, desde la dirección hasta el último escalafón.

Cuando la Sostenibilidad deja de ser un escaparate y forma parte de la cultura de empresa, existe un compromiso por parte de la dirección en valorar cada acción en términos económicos y de sostenibilidad. Al mismo tiempo, trabajadores implicados, activos y que acompañen este proceso, permitirá que la sostenibilidad sea una realidad tangible. El punto de encuentro se da porque los objetivos de la empresa y los valores personales de los empleados, confluyen. Por supuesto, partimos de un escenario en el que se da por supuesto que existe conformidad en los aspectos contractuales y formales del puesto de trabajo.

Si según los estudios más de un 30% de los ciudadanos están cambiando sus hábitos de consumo y vida, al menos ese mismo porcentaje se sentiría muy motivado por llevar esos cambios a su ámbito laboral o por el contrario, sentirse frustrados en su día a día laboral. No haría tampoco falta aludir a la infinidad de estudios que relacionan la alta productividad con empleados motivados. Las empresas que se preocupan por hacer que su actividad principal sea sostenible en el tiempo, reduciendo y mejorando el impacto social/medioambiental, son aquellas que realizan acciones para cumplir con buena parte de los objetivos de desarrollo sostenible (ODS). Es decir, se plantean acciones reales para alcanzar metas concretas, conforme a los ODS.

Los 17 objetivos de desarrollado sostenible de NNUU, son el marco de referencia actual para muchas empresas y organizaciones que sienten la necesidad de incorporar la sostenibilidad y fijarse objetivos definidos. Plantearse el objetivo 2030  para: la reducción de gases efecto invernadero en su actividad, cumpliendo con los objetivos de acción contra el clima y adopción de energías limpias, generar trabajo decente y crecimiento económico, introducir planes de igualdad y trabajar la desigualdad, incorporar programas de dieta saludable en su comedor, producir y promover el consumo responsable, innovación e industria, introducir un sistema de precalificación para el registro y monitoreo de proveedores que cumpla con los estándares de sostenibilidad internacional, generar alianzas, realizar acciones para afianzar comunidades sostenibles o apoyar la reforestación y compra de material reciclado entre otras. Todas ellas son acciones que a simple vista relacionaríamos con la sostenibilidad, pero curiosamente estamos hablando de organizaciones pioneras en innovación, eficiencia y además exitosas.

Por lo tanto, lo que a priori podría parecer un proceso complejo, resulta ser el resultado de una intencionalidad compartida por empresa y trabajadores que más que entrañar dificultades, es una oportunidad de cambio para avanzar y posicionarse en un mercado en el que lo difícil ya no es llegar, si no generar confianza, mantenerse y visionar el futuro con esperanza.

Dependiendo de la actividad que desarrolle la organización será más fácil impactar en unos objetivos de desarrollo u en otros, pero muchos de ellos son aplicables a un amplio rango de entidades y realizables siempre y cuando la sostenibilidad sea considerada por la dirección como el “Core business”. Las empresas que se marcan estos objetivos e implican a sus empleados gozan de una salud envidiable, tanto en términos económicos, como sociales.

Generar cultura corporativa representa uno de los grandes desafíos de las empresas. Actualmente muchas empresas que asumen el compromiso de incorporar la sostenibilidad como eje central, no pueden dejar de lado a sus trabajadores. No existe mejor publicidad o embajadores de marca que los propios empleados y a éstos solo se les convence cuando forman parte del proceso.

Como en la vida, en el trabajo también cuentan la suma de acciones.

 

Empezar por algunas acciones sencillas, que involucren plenamente al empleado es un buen comienzo: el reciclaje en el entorno laboral, el uso de vasos reutilizables, poner restricciones y alternativas para el uso de papel, disponer de un comedor con productos de producción sostenible, y promover su consumo a través de promociones, generar espacios de propuesta o concursos para la innovación en sostenibilidad, políticas de incentivos e igualdad, son acciones esenciales.

A este punto es cuando la empresa empieza a ser creíble, ya que estas acciones no se publicitan, se dan porque existe “conciencia sostenible”, forma parte de su accionar, de la política de empresa y genera una alta implicación del empleado.

La dificultad está en el cómo se integra y retroalimentan los esfuerzos de sostenibilidad de las empresas y el trabajo diario del empleado. Quizás en esa dificultad radique la razón por la que todavía pocas empresas lo conjuguen bien. Para alcanzar esta meta, empleados y directiva no deben solamente compartir valores, sino que además debe existir una política de “compensaciones” más allá de los términos contractuales acordados por las partes. Establecer una política de incentivos y premios por desempeño sostenible entre los equipos de trabajo, es una de las prácticas que ya aplican algunas empresas, sumado a la propia motivación que tiene cada uno a nivel individual por los beneficios que supone para la salud, el ahorro y la eficiencia.

Para ello, crear y generar información y conocimiento entorno a la  sostenibilidad debe estar presente y formar parte de la cultura de toda organización. Asociar el éxito de la empresa con un desarrollo sostenible, y por lo tanto, con el éxito social y medioambiental es el elemento básico que formará parte de la estrategia de comunicación interna. Este canal  permitirá mostrar los avances y casos de éxito transformadores que tienen como eje fundamental aplicar criterios de sostenibilidad en todas las áreas de impacto de la actividad que desarrolle la organización.

Energías limpias. La oportunidad hacía el crecimiento económico sostenido y el empleo.

Energías limpias. La oportunidad hacía el crecimiento económico sostenido y el empleo.

Considerando que la energía proveniente de los combustibles fósiles, es responsable de la mayor parte de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) del mundo, causantes del cambio climático y la contaminación del aire  (European Environment Agency, EEA, 2018)  es prioridad en la agenda ODS 2030, acelerar el cambio a energías renovables. Esta urgencia está fundamentada en dos hechos cruciales. Por un lado, mantener la temperatura global por debajo de 2º C, debido a sus graves consecuencias para la humanidad y el ecosistema y por otro, reducir los gases efecto invernadero a un 40% para el 2030, frenando la contaminación de aire, tierra y mar, causantes del deterior de la salud de las personas y el planeta.

Según el Informe REFLECTION  PAPER – TOWARDS A SUSTAINABLE EUROPE BY 2030, (Enero 2019, Comisión Europea) el objetivo es que las energías renovables representen para el 2020 el 20% y alcancen en el 2030, el 32%. Actualmente, el balance europeo está en torno al 18%. El estudio de la Comisión Europea se muestra optimista ya que con estos datos, ve factible que se cumpla el objetivo de reducir un 40% los gases de efectos invernadero para el 2030.

Las energías limpias son clave para la transición ecológica, y una oportunidad económica en todos los sentidos. En este contexto, todas las políticas públicas en el marco europeo, se dirigen a poner el mayor número de trabas a la costosa dependencia de los combustibles fósiles. Según el estudio de la CE, la importación de combustibles fósiles genera hasta la fecha una factura para Europa de unos 260. 000 millones de euros. Evitar esta dependencia y ganar en autonomía energética, no es solo una necesidad imperiosa para conservar nuestro planeta, si no también, una oportunidad para innovar, crecer y generar empleo.

Según la Asociación Empresarial Eólica, La energía eólica en Andalucía ha supuesto un claro empuje a la economía local. Con una generación de más de 9.000 empleos, el sector de la energía eólica en Andalucía representa el 2,56 de su PIB y cubre las necesidades de electricidad de más de 1.445.000 hogares andaluces, evitando la emisión de más de 3,6 millones de toneladas de CO2 al año.

El Informe de la CE menciona así mismo, la creación de cerca de  1.5 millones de puestos de trabajo en Europa, en torno a las energías renovables y la eficiencia energética. Europa, como líder en producción e innovación en energía oceánica y energía eólica marina, podría aprovechar esta ventaja competitiva, para ser motor mundial en esta área.

La legislación va también al unísono favoreciendo esta transición y obligando a las Corporaciones a ser más transparentes. La recién aprobada Ley sobre información no financiera de las empresas, pondrá freno a un buen número de empresas que al tributar fuera de sus fronteras, eludían responsabilidades a la hora de informar sobre su impacto social y medioambiental.

¿Pero son LAS ENERGÍAS LIMPIAS VIABLES en términos de COSTE y EFICIENCIA?

A priori, las fuentes de energía renovable no necesitan pagar por el combustible, dado que el viento o el sol son recursos que están ahí en la naturaleza, disponibles para su uso. Si medimos por otro lado la eficiencia, en términos del potencial energético que tiene un recurso para convertirse en electricidad, podría parecer que las energías renovables no son eficientes, pero no es tanto así.

Según los expertos ( Michael Barnard, low-carbon innovator), los paneles solares convierten en electricidad alrededor del 20%, pero el 80% no es un desperdicio costoso como en el caso de las fuentes de combustibles fósiles. Las plantas de carbón alcanzan una eficiencia del 33% al 40% en los mejores casos, y el resto es solo calor perdido. Las plantas de gas de ciclo combinado, donde se utiliza el calor, además de la energía mecánica para generar electricidad, logran alcanzar el 54% de eficiencia. Lo que hay que tener en cuenta, es que las fuentes de combustibles fósiles están pagando el 100% del combustible, y las externalidades. Por esta razón, si las emisiones de CO2 son de dos a tres veces la masa de los insumos de combustible, se podría deducir que estamos pagando el 300% del combustible, pero solo estamos obteniendo del 20% al 50%.

 

 

 

 Según la revista Energy and Environmental Science,  la energía eólica es la   más eficiente, con un máximo de 59,3%, de aprovechamiento. Las mejores turbinas eólicas alcanzan aproximadamente el 95%, por lo que, siguiendo  con el mismo razonamiento y considerando que el viento es un recurso disponible, seguimos ganando en relación coste-beneficio si lo equiparamos incluso con el ciclo combinado.

 

El problema de la energía solar y la eólica, viene dado por su inestabilidad. Al ser recursos “libres”, no se puede garantizar que haya viento suficiente o sol de forma estable, generando electricidad en su máximo potencial. En el transcurso de un año, la relación entre la electricidad realmente generada y el potencial máximo de electricidad, se denomina factor de capacidad. Por lo tanto, para satisfacer la demanda de energía en estos casos es necesario contar con sistemas inteligentes de gestión de energía. El problema es el almacenamiento de la energía. Si bien hay muchos proyectos en marcha, la falta de financiación en investigación, favorece el desfase entre las estructuras creadas y la obtención de su máximo rendimiento.

Según Barnard, en el caso de la energía solar, el factor de capacidad varía entre el 15% y el 25%. Para los parques eólicos modernos, los factores de capacidad oscilan entre el 40% en tierra y el 77% por año para el mejor sitio en alta mar.

Por lo tanto es difícil hablar de eficiencia sin considerar otros factores. Actualmente, la energía nuclear aprovecha el 90% de su capacidad, el carbón al 60%, pero al final, la energía solar y eólica son más baratas, sus costos operativos están muy por debajo de los de gas o carbón,  y solo tienen que funcionar el tiempo suficiente para amortizar los costos de capital inicial. Hablamos de una inversión a medio-largo plazo, pero segura y rentable.

La transición no vendrá exenta de esfuerzos económicos de gran envergadura, pero serán recompensados.

Crisis alimentarias y desinformación

Crisis alimentarias y desinformación

El surgimiento en España, de numerosas y graves crisis alimentarias en los años 90, por infección a través de virus o contaminación con sustancias tóxicas, evidenció los vacíos legales y regulatorios a nivel local y europeo para establecer medidas y controles de seguridad alimentaria y en términos generales, de producción responsable. La EFSA, Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria,  fue una de las instituciones que surgieron en los años 2000, para dar soporte científico e independiente sobre seguridad alimentaria y consumo. Esta institución supone la base científica en la que se apoyan agencias europeas y gobiernos para generar políticas de seguridad, producción y consumo responsable.

Es un hecho que cada vez existen más filtros de autoridades sanitarias que intensifican el control del producto. Inspecciones fronterizas y establecimientos autorizados conforme a la legislación europea, establecen controles oficiales que persiguen minimizar el riesgo de contaminación. Casos como el aceite de colza, las vacas locas, la gripe aviar, la peste porcina, pertenecen al pasado y seguramente serían ahora más fáciles de detectar.

Sin embargo, estos acontecimientos, unido al exceso de información acerca de problemáticas que se están popularizando como contaminantes, tóxicos y sustancias “potencialmente peligrosas para la salud” socavan la confianza del ciudadano con respecto a las empresas y las políticas de seguridad pública. Los consumidores en la mayoría de los casos, se encuentran con una excesiva “desinformación” y confusión a la hora de tomar medidas de consumo seguro y responsable.

Actualmente, muchos estudios de reconocido respaldo científico aseguran que la exposición a tóxicos, incluso en cantidades consideradas “aceptables” por organismos de regulación oficiales, así como la merma nutricional y en la calidad de los alimentos, debido a la contaminación del suelo u otros factores alusivos a procesos industriales, supone también un “riesgo potencial” para la salud. Sin embargo, sobre estos datos no hay un consenso a nivel global, aunque la FAO alerta de la urgencia de la actualización de los métodos de medición, sobre todo en lo que refiere a sustancias peligrosas y sus niveles de aceptación en humanos.

Existen por lo tanto, impredecibles circunstancias que no controlamos que pueden estar escondidas en muchos de los productos que compramos. Buscar el sello de certificación oficial en calidad y sostenibilidad de los productos, representa actualmente la única vía posible ante tanta confusión, en muchos casos, generada intencionalmente.

El caso del Panga ilustraría ampliamente la confusión a la que se hace referencia. A colación de un artículo publicado a cerca de las malas condiciones en las que se producía este pescado, miles de personas dejaron de consumir éste pescado. Pero ¿qué hay de cierto en esa pésima imagen que adquirió este alimento en tan poco tiempo? Supermercados como Carrefour, entre otros, retiraron este producto.

Para cuando entidades oficiales entre ellas, El Ministerio Español de Sanidad, emitieron un comunicado acerca de que el panga, pasaba todos los controles de salubridad correspondientes, ya era tarde.  La percepción del mismo había bajado hasta el punto de que en un año, la exportación y por lo tanto el consumo bajó más de un 30%.

Lo cierto es que el panga, el pescado “anticrisis”, por su precio, es un pescado de baja calidad, con escaso nivel de nutrientes y omega 3. Por esta razón el comunicado que se emitió, desde cadenas como Carrefour, refería a que el pescado que vendían contaba con los controles de calidad exigidos y que la razón por la que se decidió retirarlo del mercado era medioambiental, puesto que sí se conocía el impacto negativo de las piscifactorías en el Mekong, Vietnam y las condiciones de “esclavitud” de los trabajadores, en buena parte de ellas. Por otro lado, éste era un río ya contaminado, dado que muchos de los desechos industriales, entre ellos los textiles, terminan inevitablemente en él.

Lo que cabría destacar en este sentido, es que aunque en el imaginario colectivo el panga era un pescado tóxico y contaminado, este hecho no fue confirmado por las autoridades sanitarias. El impacto medioambiental y social generado en su producción, eran las únicas razones corroboradas a cerca del panga.

Paradojicamente, la mayoría del pescado que se comercializa hoy día, no cumple con los estándares de sostenibilidad, y sin embargo son consumidos diariamente en los hogares españoles.

En todo caso, ya sea panga o cualquier otro pescado, todo dependerá más bien de nuestro bolsillo, la única manera de asegurarnos que comemos pescado saludable y producido en condiciones sociales y medioambientales sostenibles, es buscar la certificación  MSC,   Cualquier alimento con sello ecológico y sostenible, te garantiza que es respetuoso con el medioambiente y libre de tóxicos y químicos peligrosos. El sello azul MSC, en los productos pesqueros, garantiza que procede de una pesquería sostenible que cumple con el Estándar de Pesquerías de MSC y a su vez, que las empresas que lo comercializan, cumplen con el Estándar de Cadena de Custodia en materia de trazabilidad.

EL ACEITE DE PALMA NO ES PEOR QUE OTROS ACEITES, cuando se procesan industrialmente.

De igual modo surgió la crisis del aceite de palma, a partir de un Informe de la Agencia Europea para la Seguridad Alimentaria– EFSA. Sin embargo, si leemos con detenimiento este Informe el problema está en el refinamiento. El aceite de palma, es un aceite barato de baja calidad que constituye cerca del 50% de los productos industriales, en gran diversidad de categorías; sopas, salsas, bollería, margarinas, cremas, jabones, etc. En pocos meses se instaló en la población española la percepción de un aceite de pésima calidad que acarreaba problemas de salud en su consumo habitual. Consecuentemente y de forma creciente los ciudadanos rechazaban cualquier producto que en su etiqueta nombrara el aceite de palma.

Rafael Garcés, investigador del CSIC en el Instituto de la Grasa, explica en un artículo publicado en el Blog del CSIC, que el aceite de palma nació como sustituto del la grasa animal y del aceite vegetal hidrogenado, cuya grasas trans, resultaron ser tan perjudiciales como las grasas saturadas del aceite de palma.

Lo que es seguro es que el aceite de palma industrializado no es saludable, pero no más que cualquier otro aceite vegetal hidrogenado, que hemos y seguimos consumiendo sin reparo.  La razón por la que el aceite de palma se asentó más que otros aceites en el mercado, en todo caso está relacionada con sus bajos costes de producción. Consecuencia de ello, no tan conocidas son las repercusiones sociales y medioambientales de esta producción masiva.

Al constituir el aceite de palma parte esencial de la producción industrial mundial,  la destrucción de hábitats, por las masivas plantaciones de aceite de palma que reemplazan bosques tropicales, y el desarraigo de poblaciones indígenas, son consecuencias devastadoras. Borneo y Sumatra, concentran la mayor parte de la producción mundial de este aceite. La extinción inminente de especies animales como el  orangután es una de las nefastas consecuencias. Si quieres conocer más sobre esta problemática entra en orangutan.org.au .

 

Los investigadores coinciden en que el problema no está en el aceite en sí mismo, dado que en crudo, puede ser hasta beneficioso para la salud, si no en su proceso de refinamiento, al igual que ocurre con el resto de aceites. Estos procesos de refinamiento industrial, se realizan para que los productos ganen en sabor y sean más duraderos, por lo que otros aceites que pasen por ese mismo proceso de refinamiento o hidrogenado industrial, liberan igualmente sustancias altamente perjudiciales para el organismo.

Según datos de la EFSA de hace menos de un año, El químico 3-monocloropropano diol (3-MCPD) y las sustancias relacionadas llamadas ésteres 3-MCPD son contaminantes del procesamiento de alimentos. Estas sustancias se pueden encontrar en algunos alimentos procesados ​​y aceites vegetales. El 3-MCPD y sus ésteres se forman involuntariamente en estos alimentos, en particular durante los procesos de refinación de los aceites.

Dicha entidad evaluó por primera vez los riesgos potenciales del 3-MCPD en 2016 junto con otro contaminante de procesamiento de alimentos llamado ésteres de ácido graso glicidilo (GE). La EFSA concluyó “los GE son una preocupación para la salud pública porque son genotóxicos y carcinógenos, es decir, pueden dañar el ADN y causar cáncer”.

El panel de expertos de la EFSA, se reunió en el 2018, con datos del 2016 para reevaluar qué cantidades mínimas son aceptadas por el organismo.

El profesor Christer Hogstrand, quien presidió el grupo científico que desarrolló el dictamen de 2016 y la actualización, dijo: “La EFSA decidió revisar su evaluación después de que el Comité Mixto FAO / OMS de Expertos en Aditivos Alimentarios [JECFA] estableciera posteriormente un nivel seguro diferente”. Mientras que el Comité JECFA establecía como ingesta diaria tolerable, los 4 microgramos/k por peso corporal de 3-MCPD, la EFSA, establecía en su última revisión estableció, el límite en los 0.8 microgramos/K.

El mismo profesor argumenta: “Superar estos límites conlleva riesgos potenciales para el riñón y la fertilidad masculina”, entre otros ya nombrados.

Los datos son realmente preocupantes si consideramos la disparidad en el establecimiento de mediciones seguras, aunque por otro lado, incluso con estos datos, resulta difícil implementar en la vida diaria esos topes.

CONCLUSIONES

Aunque vivimos en la sociedad de la información, los medios, incluido internet, están masificados de “noticias” comerciales y fake news. Solo el surgimiento de un ciudadano más crítico, capaz de leer entre líneas y comprometido, nos conducirá a otro tipo de sociedad que merecemos. Cuestionemos, cuestionemos y actuemos.

No obstante, declaraciones como ésta de la EFSA, generan excesiva controversia y plantea a gobiernos y corporaciones la urgencia de establecer acuerdos con medidas regulatorias para productos que superan los límites en grasa y azucares. Plan para la mejora de la composición de alimentos y bebidas. Sea bienvenido todo avance a este respecto, mientras tanto optar por alimentos con sellos de certificación ecológica y sostenible, es ahora más que nunca, la opción más inteligente para asegurarnos calidad nutricional, no residuos, no tóxicos y una producción sostenible y responsable con la vida y el medioambiente.

Contaminación del suelo. Mientras se deciden, actúa.

Contaminación del suelo. Mientras se deciden, actúa.

 Muchos estudios actuales revelan que la calidad de nuestra alimentación se está viendo mermada, desde hace varias décadas, debido principalmente a la disminución de nutrientes en productos que suponen la base de nuestra dieta alimenticia.  Un aumento alarmante de la producción mundial, conlleva una sobreexplotación del suelo de cultivo y con ello, el uso de técnicas y sustancias químicas que permiten que los cultivos sean más “solventes”, en términos de cantidad, pero en detrimento de su calidad.

Se dan dos razones que justifican este aumento de la producción. La primera es el aumento de la población, que en las últimas décadas se ha cuadriplicado, y la otra, no menos importante, es el hiperconsumismo instalado en el mundo desarrollado. Según el Índice Planeta Vivo, elaborado por WWF en 2014, necesitaríamos como media, cerca de tres planetas para satisfacer las necesidades de consumo de la población mundial.

Esa pérdida de nutrientes es lo que nosotros percibimos en forma de cambio de color, sabor o textura. Cuantas veces habremos oído decir “estos melocotones ya no son como los que comíamos antes” o “este pollo parece de plástico”.Los menos jóvenes recuerden seguro el sabor de productos frescos, sin haber pagado más por ellos, era lo que existía hace algunas décadas. Actualmente, acceder a productos de elaboración tradicional, auténticos, frescos, sin exceso de hormonas o pesticidas, es todo  un lujo, pero un lujo cada vez más necesario.

El informe “Soil Pollution hidden reality” publicado por la Fao en 2018, hace apenas unos meses, saca a luz unos datos muy preocupantes sobre la contaminación del suelo en el espacio europeo. Después de analizar 76 plaguicidas diferentes en 317 suelos de EU, destinados a la agricultura, el estudio confirma la presencia de pesticidas en el 83% de los suelos analizados y mezcla de distintos tóxicos, en el 58%.

El estudio define “Contaminación del suelo” como; “Presencia de un producto químico o sustancia fuera de lugar y / o presente en una concentración superior a la normal que tiene efectos adversos en cualquier organismo no objetivo (FAO y ITPS, 2015). La contaminación del suelo a menudo no puede evaluarse directamente ni percibirse visualmente, por lo que es un peligro oculto”. El informe afirma también que la contaminación del suelo reduce la seguridad alimentaria, al reducir los rendimientos de los cultivos, debido a los niveles tóxicos de contaminantes. Por lo tanto, los cultivos producidos en estos suelos no son seguros para el consumo por parte de los animales y los seres humanos.

A pesar de que los estudios de suelos para identificar los contaminantes, sean difíciles y costosos, debido al continuo desarrollo  de compuestos agroquímicos e industriales y la transformación de los compuestos orgánicos, existe suficiente evidencia científica para confirmar que la contaminación del suelo supone un grave riesgo para la salud humana y el medioambiente. Más de 200 enfermedades, que van desde la diarrea hasta el cáncer, están relacionadas con la ingesta de alimentos contaminados (OMS, 2017b). El mayor órgano mundial de toma de decisiones en materia de medio ambiente, la UNEA, confirma que hay datos suficientes que sostienen que la contaminación del suelo está aumentando en cada región y supone un grave riesgo para la humanidad.

El estudio del Centro Común de Investigación de la Comisión Europea, publicado en Science of the Total Environment, desvela que el 45 % de los suelos de cultivo europeos contienen residuos de glifosato y su producto de degradación más tóxico, AMPA, que suponen graves amenazas para la salud y se relaciona en otros estudios con el aumento del cáncer.

Hasta hace aproximadamente un año, este dato era difícil de sostener, dado que las grandes multinacionales que facturan miles de millones de euros, (ver datos de la patronal de fabricantes  AEPLA) apoyados por supuestos informes científicos externos e independientes, avalaban su inocuidad. Este hecho dio lugar a que la Comisión Europea renovara en el 2017, por 5 años más, el uso de este pesticida, ignorando incluso la petición del Parlamento Europeo de prohibir su uso privado o en zonas verdes.

Mientras tanto un informe de la Agencia Internacional de Estudios sobre el Cáncer (IARC), perteneciente a la Organización Mundial de la Salud, hacía una valoración opuesta a la presentada. Según numerosos estudios llevados a cabo por la organización, se concluyó que el glifosato es carcinógeno, y es incluido en la lista de sustancias de alta probabilidad cancerígena publicada por la IARC (se puede encontrar en la clasificación por Glyphosate, término en inglés).

Fruto de este exceso de incongruencia informativa, el Parlamento Europeo, encargó poco después,  una investigación a un grupo de expertos europarlamentarios, cuyas conclusiones se reflejan en  este Informe. En el mismo, se muestran “pruebas contundentes”  de que la evaluación sobre el glifosato que fue contratada por Montsanto al Instituto Federal de Evaluación de Riesgos (BfR), es literalmente, un “copy paste” de  la evaluación de los solicitantes de la industria (con Montsanto a la cabeza).

Actualmente, en el 2019, y después de muchas presiones de países,  organizaciones y plataformas civiles, para no llevar adelante la renovación de la venta de glifosato, la Comisión Europea, se encuentra ante la  encrucijada de pagar los costes de romper la negociación con Montsanto, o poner por encima de todo la salud, el medioambiente y en definitiva, el interés ciudadano.

Si bien, existe un reconocimiento global acerca de la contaminación del suelo, y se suceden los actos políticos y de organizaciones para encontrar soluciones viables y urgentes, como el Global Symposium of Soil Pollution (mayo 2018),  el precio que pagan los ciudadanos y nuestro ecosistema es muy alto. El deterioro está ya hecho y la confianza del ciudadano agotada ante la ausente intencionalidad política real, para evitar situaciones de riesgo prolongadas, guiadas por intereses comerciales. Supuestamente, nuestra seguridad alimenticia así como el daño medioambiental, debiera estar avalada por derecho, tal y como se detalla, en el principio de precaución, artículo 191 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea (TFUE). Se relaciona con un enfoque de la gestión de riesgos, en el que si existe la posibilidad de que una política o acción determinada pueda causar daños al público o al medio ambiente y si todavía no existe un consenso científico sobre el tema, la política o acción en cuestión, no debe ser llevada a cabo. Una vez que haya consenso científico e información suficiente y disponible, la situación debe ser revisada. Por esta razón, no debería haber ningún producto en el mercado hasta que se demuestre de forma consensuada que no es perjudicial para la salud y nuestro ecosistema 

LA DEMANDA QUÉ SALVARÁ EL MUNDO

 

Un ciudadano cada vez más crítico y consciente del hiperconsumismo actual está emergiendo y busca opciones que le permitan a nivel individual y colectivo, poner freno a la degradación de nuestro ecosistema y la vida en general. Un ciudadano, al mismo tiempo, convencido y dispuesto a plantar cara al hecho de  “ser meros títeres a expensas de nuestra propia naturaleza para soportar una exposición creciente a tóxicos y químicos que degradan la vida”.

 La alimentación ecológica, en ese sentido, se plantea como una alternativa a una alimentación cada vez más artificial y como mínimo, de dudosa salubridad a medio/largo plazo.

Aunque plantear una dieta familiar en base a productos ecológicos no es siempre viable 100%, en términos de accesibilidad y precio, existen otras opciones, que permiten “democratizar” es decir, HACER ACCESIBLE A TODOS, una alimentación sana y con garantías. Por un lado, está el consumo local y en proveedores directos de confianza, y por otro, la marca blanca ecológica de los supermercados, que aunque no siempre son productos locales, nos garantiza productos cultivados en tierras regeneradas, sanas, sin pesticidas tóxicos y sin modificación genética. Estos alimentos llegan en forma de marca blanca a algunos supermercados como Aldi, Lidl, Alcampo o Carrefour. Su gama blanca es asequible y lleva certificación europea.

UN FUTURO CERCANO

Existen varias razones por las que pensar en un futuro más esperanzador. España, es el país con mayor extensión de suelo ecológico cultivable, más de dos millones de hectáreas de agricultura ecológica. El consumo ecológico crece en España 18 veces por encima del producto convencional, según datos de MAPAMA del 2018.  A este ritmo, se plantea un escenario muy ambicioso para el productor español, que tendrá que cubrir una demanda creciente y que ya no tiene marcha atrás. El poder de la demanda, generará un nuevo panorama al sector productor que tendrá que adaptarse a las exigencias de sostenibilidad y ecología del nuevo consumidor.