En tiempos de Covid-19, tomamos consciencia de que, en un mundo globalizado, las crisis también son globales, la única diferencia es que esta vez, nos ha tocado vivirlas de lleno. Entonces nos surge la duda ¿A qué tipo de normalidad deseamos volver?

Cuando la muerte amenaza nuestra existencia y nos pisa los talones, en ese instante y sin apenas darnos cuenta, nuestras prioridades cambian drásticamente. Nos hacemos con lo que estrictamente necesitamos, intentamos no malgastar porque desconocemos lo que pasará mañana. En tiempos de Covid-19, nuestra apariencia, acumular cachivaches última tendencia, el impulso de comprar (exceptuando lo imprescindible), todo lo no esencial, pasa a un segundo plano.

La incertidumbre que nos envuelve a todos, hace que nuestra escala de valores de un giro rotundo, concentrando nuestra atención en el cuidado de nuestro bienestar y el de los seres queridos. Intuimos que es el inicio de una nueva etapa, en la que valoraremos mucho más la vida, las relaciones, aquello que hoy nos falta. Todo ello incluso aunque no tengamos muchas evidencias para avistar lo que esta crisis, nos depara.

Seguramente y sin ánimo de simplificar algo tan serio como la crisis actual, muchos estén encontrando el momento que antes no tenían, para rediseñar en su imaginario el mundo en el que le gustaría vivir. Tristemente, es en momentos como crisis humanitarias o guerras, que nos demos la oportunidad de pararnos en seco a reflexionar y darle a la vida la importancia que merece.

Sentimos con enorme agradecimiento la lucha de cientos de iniciativas, personas, empresas y colectivos, por mantenernos a flote. Aunque se invoca a la responsabilidad individual, ésta es una lucha que ganamos unidos. Un lema extraordinario, un ejemplo inigualable de lucha.

Es en este escenario, que merece la pena cuestionarse cómo de importante es la contribución y responsabilidad individual, como individuos, empresas o entidades, para vencer las crisis. Y no, solamente la del coronavirus si no todas aquellas otras crisis que cohabitan con la actual, aunque se den en otros rincones del planeta. Los conflictos y la violencia, los millones de refugiados sin tierra que les acoja, la desigualdad, el cambio climático y la destrucción de los ecosistemas, la pobreza…

LA VUELTA A LA NORMALIDAD. ¿PERO qué se entiende cómo normal en tiempos de Covid-19?

Esta crisis nos enfrenta bruscamente a la realidad, nos cambia la perspectiva. No podemos vivir de espaldas al mundo. Vivimos en crisis constantes, sin embargo, hasta que no nos toca de lleno, no cuestionamos esa supuesta normalidad. Quizás ahora tomamos conciencia de que somos parte de un mundo global, donde todo llega. ¿A qué tipo de realidad nos gustaría volver? Por lo tanto, la pregunta que cabe hacerse es: “¿Queremos volver a esa supuesta normalidad? ¿Cuál es el mundo que queremos vivir cuando todo haya pasado?

Puede que hayamos llegado a algunas primeras conclusiones. De las crisis, solo se sale sumando acciones, voces y actitudes. Empresas, ciudadanos, profesionales, organizaciones, todos poniendo el máximo de su parte. También hemos aprendido que, en el mundo globalizado, no son todo ventajas. Las crisis y problemáticas que se inician en otras zonas del mundo, terminan antes o después por salpicarnos. Y no parece que los gobiernos lo vayan a poder impedir. Nuestra responsabilidad ciudadana, además de ser imprescindible, se ha vuelto global.

En el mundo post Covid-19, los desafíos que enfrentaremos serán muchos, económicos y sociales.  Este aislamiento social al que nos obliga esta pandemia, ya ha alterado el orden económico y social. Nos tocará luchar para reorientarlo, pero también se nos reclama que permanezcamos unidos, mientras buscamos la forma de no sentir a nuestro vecino, amigo o familiar, como nuestro potencial enemigo. Parece algo contradictorio, pero nunca cobró tanto sentido.

Mucho de lo que hemos aprendido seguramente y con profundo respeto al sufrimiento causado a miles de familias, sea parte esencial del tipo de normalidad a la que queramos volver.

Sería poco serio apresurarse a sacar conclusiones finales sobre lo que hemos aprendido con esta crisis, cuando aún estamos pasando por ella y desconocemos la envergadura de sus consecuencias futuras. Sin embargo, probablemente, hemos sido capaces de tomar nota de todo aquello que esta crisis nos ha permitido valorar.

El poder del pensamiento colectivo y ayuda mutua frente a individualismo.

El valor de la responsabilidad individual en la lucha contra crisis globales.

La fuerza de la empatía, la generosidad y el valor de la igualdad.

Empresas y entidades enfocadas en su responsabilidad social y colectiva.

Un respiro al planeta. Los niveles de contaminación (causa principal de millones de muertes al año OMS), bajan en picado.

La necesidad de fortalecer las PYMES, nuestro tejido empresarial. Si no redirigimos políticas de incentivo y fiscales para recuperarlas, viviremos en crisis económica de por vida.

No al desperdicio. Gestionamos mejor el gasto, nuestra huella de carbono. Reusamos, reciclamos, evitamos comprar lo que no necesitamos.

Apartamos lo superficial. Valoramos la vida. Invertimos en salud y bienestar.

Condenamos la manipulación de animales salvajes. Respeto y conservación de los hábitats y ecosistemas

El estado como regulador de la especulación frente a un mercado libre que aumenta las desigualdades.

Inclusión, reconocimiento laboral. Los trabajos menos valorados socialmente resultan imprescindibles en tiempos de crisis globales.

La necesidad de invertir en innovación y enfocar estrategias en el desarrollo de un mercado local.

Dirigir el dinero público hacia el fortalecimiento de un Sistema de Salud Pública de calidad. NADIE, puede morir en un estado desarrollado por falta de recursos técnicos o humanos.

El derecho a la vida es igual para todos. Sin diferencia de sexo, edad, etnia, religión…

ESTILO DE VIDA Y ORGANIZACIONES SOSTENIBLES

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